Aún espero ese avión que saldría de mi pecho para aterrizar en un lugar mejor. Tú estás ahí sentada con mi madre junto al letrero de partidas. ¿Cuántas partidas se darán en las mismas condiciones –divago- de esas que no son para irse lejos pero sí para caer profundo? Tú sin embargo no miras, lo sabes, y cada ruido de turbina se convierte en un sobresalto que solo es notorio en la dilatación luminosa de tus pupilas. Cada cruce de miradas es un ensordecedor eco en nuestras cabezas, que me nombra, que te nombra, que me quieres lejos y me sientes cerca.
Así pasan las horas, los días, los años; sigo volando cada vez más lejos de ti, pero aún no aterriza el maldito avión.
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