Niño se pierde

Era aquel que andaba siempre con mirada intensa de diez de frente
La mira presta en un cañón de circo de esos que apuntan al infinito
Por los filos de veredas desahuciadas, cuántas veces caminó
Sin perder en el desahucio su camino, ni en la acera su destino
Ni en el tren su corazón.

Quién dijera que ya no se lo ve por estas tierras,
Caminando sin fronteras
Quién dijera

Que lo han visto que sueña con sus sueños, que anhela sus anhelos.
Que cuando regala un centavo por la calle o a un extraño una sonrisa
Siente que camina en las cornisas mercando con su propia vida a cambio de algún detalle.
Quién dijera
Él se perdió

Hoy el macho de frente amplia, de mente abierta y de lengua larga
Se sienta dos veces por semana a esperar que lo levante el miedo

Qué no ves que casi siempre un enredo con un sólo dedo se desata
Niño no dejes de hacer caso a las olas, córtate el pelo y esa corbata
Que así cuando sonríes se delata que alguna vez hubo una estación.
Y que aún espera ahí sentada la novia de tu esperanza, la amante de tu pasión.

misterio

¿Has notado que un buen poema causa un efecto llenador que amansa los antojos producidos por aquella dieta humana (salvaje) de explicar la vida con cocktails precocidos de dos o tres verdades absolutas? Hacer dieta es bueno, pero vamos... ¿Quién se muere de una sobredosis de misterio? Un buen poema parece que rellenara ciertos vacíos, ciertas ganas de algo, cierto morbo, pero al final no hace más que plantearnos un mundo más misterioso que el que quisimos resolver en un principio. Ojalá nunca se nos acabe el misterio de la vida.

En algún lugar debe haber un basural donde están amontonadas las explicaciones. Una sola cosa inquieta en este justo panorama: lo que pueda ocurrir el día en que alguien consiga explicar también el basural

Julio Cortazar

Nada es tan grave

Volar un rato y darme cuenta de que aún sigo aquí. Como aquel barón rampante que no necesitaba tocar el suelo para ser parte de todo, incluso aún más que aquel todo que siempre madura en la mente humana y termina por podrirse en la conciencia. ¡Todo!, todo lo que el hombre toca y lo que no alcanza también.

En pleno vuelo la razón no se precipita, las ideas no aceleran sino que planean dejándose caer en un profundo instante de única y más pura pasión. Son ideas que montan vientos, se formulan y deshacen entre remolinos que observan, jueces implacables de la única regla básica del juego de ser libres. Y mientras juegan revelan lo imposible, aquello que a todos se nos pierde en algún momento, eso que se exilia de los huesos, cuando al mirarnos al espejo, cometemos ese gran error de darle vuelta a la espiral y decir “estoy vivo”. Tanto verse en su reflejo Narciso, para dar con que no se encuentra.

Damos tantas vueltas como trompo pisando nuestras propias cabezas y nuestro propio intelecto, nombrándonos mil veces y reconociéndonos sobre los ya nombrado, para acabar sumergidos en una capa impermeable de parches que lo único que oculta es la noble y genuina desnudez del alma.

Pero en vuelo me doy cuenta de que aún sigo aquí, volando. Y a veces encuentro a otros junto a mí y sonrío. Es un dulce sentimiento de vértigo que me coloca al filo de la muerte solamente para mostrarme que nada es tan grave, y en virtud de mi aprehensión puedo seguir volando.

Juan

de Fernando Artieda, maestrazo. (un trocito no más porque es largo, jeje)

Yo sé que tú lo dudas que yo te quiera tanto;
si quieres me abro el pecho y te entrego el corazón.
Y le llegó su Caimán, su Julio Verne, por eso de que De La Tierra la Luna,
de que Viaje al Centro de la Tierra, cosa tan triste...
Y fue como si anduvieran ofreciendo la muerte a domicilio,
porque de pronto se encendieron las rocolas en el Pollo Loco, en el Chuzo Engreído,
en el Noteahueves, y la voz del man entró así, con todo, por las ventanas de las casas,
por las goteras del techo, por las rendijas de las cañas separadas.
En las esquinas la biela zumbaba y la gente no hablaba sobre él,
porque para qué iban a hablar, si el pueblo sabe que de esas cosas nunca se habla.
En el café de los intelectuales la cosa se estaba poniendo kafkiana
cuando pasó Caraebandido y les dijo:
“que qué Gabo ni la gavers, ¿no ven que se ha muerto el man?”
"¿Cuál man?”
Cuál man preguntaron los desenchufados
y Caraebandido, con esa dignidad característica de los ladrones de barrio y los poetas:
“¿Cuál man más va a ser, pues gil?
¿Habrá algún otro más bacán que Julio Jaramillo? ... (...)

siguiente muerte

De infartos voluntarios, de venas obstruidas,
de coágulos de sangre, de alcohol, de crack, de nicotina.

De todo por tu gracia, de nada cuando quieras,
de besos infalibles, de lagrimas pendejas,

De todo cuanto sea por no entregarme ciego
para volarme la vida, para no morir de nuevo

Juan