Nada es tan grave

Volar un rato y darme cuenta de que aún sigo aquí. Como aquel barón rampante que no necesitaba tocar el suelo para ser parte de todo, incluso aún más que aquel todo que siempre madura en la mente humana y termina por podrirse en la conciencia. ¡Todo!, todo lo que el hombre toca y lo que no alcanza también.

En pleno vuelo la razón no se precipita, las ideas no aceleran sino que planean dejándose caer en un profundo instante de única y más pura pasión. Son ideas que montan vientos, se formulan y deshacen entre remolinos que observan, jueces implacables de la única regla básica del juego de ser libres. Y mientras juegan revelan lo imposible, aquello que a todos se nos pierde en algún momento, eso que se exilia de los huesos, cuando al mirarnos al espejo, cometemos ese gran error de darle vuelta a la espiral y decir “estoy vivo”. Tanto verse en su reflejo Narciso, para dar con que no se encuentra.

Damos tantas vueltas como trompo pisando nuestras propias cabezas y nuestro propio intelecto, nombrándonos mil veces y reconociéndonos sobre los ya nombrado, para acabar sumergidos en una capa impermeable de parches que lo único que oculta es la noble y genuina desnudez del alma.

Pero en vuelo me doy cuenta de que aún sigo aquí, volando. Y a veces encuentro a otros junto a mí y sonrío. Es un dulce sentimiento de vértigo que me coloca al filo de la muerte solamente para mostrarme que nada es tan grave, y en virtud de mi aprehensión puedo seguir volando.

Juan